La
Previa
No la voy a hacer muy detallada, pero les aseguro que la
carrera empezó mucho antes de la cuenta regresiva de largada, no
solo en lo referido a entrenamiento deportivo sino con todas las
cuestiones organizativas: planear viajes, conseguir equipo,
estudiar cartas, reservar alojamiento y un sinfín de tareas que
de enumerarlas, los agotaría antes de empezar la carrera. Pero
como me gusta todo ese tipo de cosas, rato que tenia disponible,
rato que le dedicaba a esta cuestión. Las semanas anteriores a
viajar, las pase yendo y viniendo, comprando y consiguiendo cuanta
cosa pudiéramos llegar a necesitar, dado sabíamos que en Villa
Pehuenia conseguir algo que en la ciudad puede ser simple, allá
quizás no lo fuera tanto. Por suerte el estar en contacto directo
con otros 3 equipos facilito la faena.
|

|
Partimos
rumbo a San Martín de los Andes el miércoles previo por la
noche, casi una semana antes, Adrián Tuya, Juan Inza (Llaneros
Off Road), Lina Mansilla y quien les escribe a bordo de "La
Titular", fiel camioneta que se banco nuestro capricho de
sobrecargarla "hasta la manija". Salimos con lluvia,
luego reemplazada con una densa neblina. Fugaz pasaje por Bolívar
para alcanzar a Lina, esposa de Adrián, y seguimos camino con
rumbo sur. Viaje placentero y sin novedad, mucha música rutera.
Arribamos a San Martín de los Andes ya caída la noche del
jueves, recalando en un depto de alquiler mas que confortable,
conseguido gracias a la gestión de Lina. De movida desparramamos
en cuanto lugar libre nuestros petates, bicicletas incluidas.
Viernes
y sábado pasaron de golpe, casi sin darnos cuenta, entre
preparación de equipos y compras varias, entre las que puedo
mencionar el cambio casi completo del sistema de transmisión
de mi bici, cosa que me tuvo en vilo por varias horas. Domingo a
la mañana, con "La Titu" cargada, enfilamos para Junín
de los Andes a recoger a Félix que llegaba en micro, y de ahí a
Pehuenia. Imaginen como iría de pesada la camioneta, que al más
mínimo desnivel del suelo debíamos frenar casi por completo la
marcha y rezar para que "La Titu" pasase indemne… por
suerte lo logró. El camino nos iba mostrando lo maravilloso del
paisaje del lugar, por el que sería muy probable recorriésemos
pronto. Llegamos a la villa, pueblito nuevo con una proyección
increíble, sobre todo por el potencial turístico que le da el
marco cordillerano. Nos alojamos en una cabaña de una pareja
adorable, amigos de Juan.
Esa fue la ultima noche, por así decirlo civilizada, antes de la
carrera. Nos bañamos, dormimos en camas, y conservamos cierto
orden normal con nuestras cosas. Pronto eso iba a cambiar. El
reglamento de la carrera exigía que la noche previa a la largada
durmiésemos en el Campamento Central (Camp), y durante ese día
nos dedicamos nuevamente a organizar, acomodar, poner, sacar,
inflar, armar todo: carpa, kayak, bicicletas, mochila, comida,
ropa, equipo... todo esto mientras los otros sesenta y pico de
equipos hacían lo mismo.. Imagino lo que se vería desde afuera,
un hormiguero alborotado. Todos con la mejor de las ondas, pero
absolutamente concentrados en lo que estaban haciendo. No te das
cuenta pero el tiempo se te vuela. El arrancar temprano nos
permitió armar las carpas junto a las de nuestros amigos:
Agustina Guozden y Álvaro Luzuriaga (Supervielle Banco 1), Danny
Feraud y mi hermano Facu Sosa (Supervielle Banco 1), Agustín
Pittner y Ramiro Angió (Deporcamping) y los ya mencionados
Adrián y Juancito. Acreditación, chequeo de elementos
obligatorios, charla médica, prueba de cuerdas y reunión
técnica de corredores al mando de Guri Aznarez. Creo que en ese
momento caí en cuenta de que la cosa no iba a ser fácil.
El martes amaneció medio nublado y con algo de viento, aprontamos
los últimos detalles, y ya con el equipo de neoprene y los
chalecos puestos, subimos a nuestro kayak y partimos hacia la
largada, distante unos 200 metros de nuestro sector del Camp. Ahí
nos encontramos con Don Sosa, mi viejo, que viajo manejando solo
desde Buenos Aires para ver a sus "nenes" correr y
probar suerte con la pesca de truchas. Abrazos, fotos, deseos de
éxito por doquier, y listos para largar.
Etapa
1
Para que mentirles, las revoluciones las tenia a 10.000, y eso
que estaba paradito casi inmóvil en la playa del Aluminé. La
largada fue lo mas parecido al estilo "Le Mans" que
pueda recordar: los 2 integrantes del equipo, a varios metros de
su kayak, esperando la bajada de bandera que los habilite a correr
hasta el mismo, para subirse lo mas rápido posible y empezar a
revolear agua. Salimos tranquilos, sabiendo que nos esperaban un
par de horas ahí arriba, y no era cuestión de
"quemarse" de entrada. Haciendo caso omiso a seguir a la
manada, junto a un par de equipos cortamos camino esquivando unos
islotes, cosa no solo inteligente sino absolutamente permitid
a.
Algo que caracteriza a estas carreras es que uno decide cual es el
mejor camino a seguir, con todos los pro y cons que ello conlleva.
A pesar del intenso oleaje, chequeamos rápido los 3 PCs virtuales
(PCV) y arribamos bien posicionados a la costa sur del lago
Moquehue, unido al Aluminé por una angostura. Presto fue el
cambio de indumentaria, ya que la hoja de ruta indicaba trekking
de alta montaña, haciendo primero cumbre en el cerro Bandera, y
luego por los filos a otro sin nombre de cota 2100. Llegamos al
primero no sin esfuerzo, ya que el terreno a medida que
ascendíamos mostraba su parte más odiosa: pedreros de arena
volcánica, en los que a cada paso se hunde y desmorona hacia
abajo. Chequeamos el CPO (Control de Paso Obligatorio) y luego de
una parada express para abrigarnos, salimos raudos hacia el sur.
Ladeamos un par de cerros, y casi llegando a la base del 2100, nos
cruzamos a un equipo Venezolano que "se comió" el
primer PC. Luego nos enteraríamos que abandonaron en esa etapa.
Encaramos este último cerro con la noche ya sobre nosotros, y con
un viento de esos que despeinan estatuas. De a poco fuimos
encontrando la senda dejada por los primeros equipos, y no con
bastante esfuerzo fuimos subiendo como bien dice el dicho, paso a
paso, sin tregua pero sin pausa. Todo esto junto a Danny y Facu.
Chequeamos el segundo CPO, y encaramos la bajada. Ahí es donde
cometemos el primer error de la carrera. Debíamos desandar los
filos hasta el segundo col (espacio de menor altura que une dos
cumbres), y ahí bajara la izquierda hasta encontrar un camino
maderero, luego de cruzar un bosque de ñires achaparrados.
Nosotros bajamos en el primero, casi sin darnos cuenta, nos
metimos mucho antes en dicho bosque. No encontramos el camino, y
al encontrar un barranco más que importante tuvimos que desandar
camino pero sentido ascendente, con el gasto energético y la
frustración anímica que eso supuso. Todo esto bajo una llovizna
que ademas de molestar, iba mojándonos y generando perdida de
temperatura. Ahí recaigo en nuestro segundo error, y fue que por
apurarnos para no perder puestos, no habíamos cargado suficiente
líquido al arrancar el trekking.
Dicen que de los errores se aprende, y les juro que esto no me
volvió a suceder en toda la carrera. La cuestión es que no solo
no encontramos el camino maderero, sino que estábamos perdidos,
algo aturdidos, cansados, en el medio de la montaña y con 2
metros de visibilidad. Viendo que nuestro panorama no era el mas
alentador, luego de deliberar un rato entre todos, decidimos abrir
la radio y pedir información para poder ubicar una bajada del
cerro que no implicara peligro, ya que la única que teníamos
cerca era metiéndose en el cañadon del arroyo Saco, del que ya
habíamos recibido precisas ordenes de evitar. Nos comunicamos con
el Dr. Parada, quien nos dio instrucciones de ladear el cerro
hasta pasar 500 metros después del cañadon blanco, y ahí
encarar la bajada. En esos momentos, usando los silbatos dimos por
casualidad con el equipo de Adrián y Juan, y a los gritos en el
medio de la niebla pudimos saber que ellos estaban casi en la
misma que nosotros. Solo que ellos estaban del otro lado del
cañadon. Claro, no había forma en esos momentos de cruzarlo para
reunirnos. Las horas pasaban y en algún momento se me cruzó por
la cabeza que ahí se nos terminaba la aventura. Volvimos a pedir
instrucciones por radio y cuando estábamos en eso aparecen Marcos
y Carlos, encargados del CPO del 2100 que una vez cumplida su
tarea, bajaron en busca de los tantos equipos perdidos.
Fue su intervención la que nos permitió seguir en carrera,
muchos de los equipos que pasaron la noche completa arriba
terminaron abandonando; luego nos enteraríamos que entre ellos
estarían Juancito y Adrián.
Encaramos la bajada, siguiendo a los guías expertos, a toda
velocidad. Es increíble el ritmo que lleva la gente de la
montaña. Y como se orientan. Ahí aprendimos muchas cosas, que
terminaríamos usando en las etapas posteriores. Luego de un par
de horas encontramos el bendito camino y los 4, junto a Carlos,
seguimos para el CPO del arroyo Saco. Ahí Carlos nos contó
acerca de sus funciones de policía en la zona, acostumbrado a
seguir por los cerros las huellas que dejan los ladrones de ganado
en su huida a Chile. Una vez arribado al CPO, nos despedimos
agradecidos de Carlos por su ayuda y encaramos hacia el último
punto del trekking, en la playa del Moquehue donde dejamos muchas
horas atrás nuestras embarcaciones. Chequeamos el pasaporte, y al
momento de tirarnos a dormir un rato nos damos cuenta de que
habíamos perdido una de las bolsas de dormir. Shit happens, por
suerte teníamos una de repuesto en la carpa. Nos desmayamos un
par de horas junto a un fueguito, y cuando salio el sol encaramos
la vuelta en kayak hacia el Camp. Seguíamos en carrera.
Chequeamos otros 3 PCVs, esta vez sobre la margen oeste del
Moquehue, manteniéndonos cerca del kayak de Facu y Danny ya que
venían sin timón, regalito que les dejo una formación rocosa a
ras de superficie en la primer etapa. Arribamos al Camp sin tener
noticias ni de Agus y Álvaro, ni de Adrián y Juan, cosa que me
tenia bastante preocupado. Luego de un buen rato, al verlos llegar
no pude contener una lágrima de emoción y alivio. Muy a mi
pesar, los Llaneros Off Road habían decidido bajarse de la
competencia, debido a lo mal que lo habían pasado toda la noche
en la montaña. Nobleza obliga destacar que a pesar de tal
decisión, se los vio seguros y concientes de lo que hacían,
brindándonos todo su apoyo para continuar y ofreciéndonos equipo
a los que seguíamos en carrera, entre ello el kayak de reemplazo
para Danny y Facu. Álvaro y Agus optaron por descansar unas
horas, por lo que aprontamos nuestras bicis y luego de obtener los
mapas y la hoja de ruta, encaramos la segunda etapa.
Etapa
2
Veintiocho eran aproximadamente los kilómetros que nos
separaban del Paso del Arco, nuestro próximo control. A ritmo
parejo devoramos los primeros nueve de asfalto para luego
encontrarnos con la cruda realidad: arena; muuuuuucha arena. Arena
y subidas, combinación letal. Una vez superadas las primeras (y
largas) trepadas, el tema se puso aceptable, y después de un rato
arribamos al CPO, cambiamos de ropa y ya con la noche sobre
nosotros, enfilamos hacia el cerro Piñeñue. Perdimos un rato
decidiendo el camino a tomar, pero luego encontramos un cortafuego
por el cual arrimarnos a la base y hacia allí fuimos. Podíamos
encararlo por cualquiera de sus costados, mas no por el frente, y
nosotros decidimos hacerlo por el izquierdo. Dimos algún rodeo de
más, por un par de cañadones que nos cruzamos, pero llegamos sin
mucho contratiempo. Hicimos un alto en la marcha cerca de las 23,
cosa de reponer energías y dejar contenta a la barriga, que venia
pidiendo comida desde hacia rato largo. En este tipo de
situaciones uno debe prestar mucha atención a la alimentación,
porque suele suceder que uno no coma por no tener hambre, fruto
del ritmo constante, pero consumiendo reservas que por fin
terminan agotándose. Panza llena, corazón contento, y a seguir
subiendo. "Piano, piano si va lontano" fue el mantra que
usamos para hacer pasos cortos y constantes, marcando el ritmo
constante. No quiero olvidar contar que esta etapa la hicimos por
completo con las linternas frontales apagadas, usando únicamente
la luz de la luna para guiarnos. Eso nos permitió disfrutar no
solo de uno de los cielos mas lindo de los que tengo recuerdo,
sino de infinidad de estrellas fugaces que nos cruzaban
constantemente. De esas cosas que uno guarda en el recuerdo y no
se va a olvidar jamás. Hicimos cumbre varias horas después de la
medianoche y recogimos el testigo del paso por el PCV, un piñón,
fruto de la araucaria araucana (pehuen) que le da nombre a la
zona. Como arriba soplaba fuerte, decidimos bajar para buscar un
lugar un poco mas apto para descansar. No encontramos mucho, y
cuando nos dimos cuenta de que estábamos realmente cansados, ante
la primera formación rocosa que encontramos desplegamos las
bolsas de dormir y uno al lado del otro, nuevamente nos
desmayamos. Decisión importante ya que de tan cansados estábamos
haciendo boludeces y pifiando rumbos. No nos dimos cuenta de que
las horas previas al alba son las más frías de la noche, y
precisamente esas eran las que corrían en ese momento. Creo que
en un principio sin quererlo, y luego muy concientemente nos
fuimos acercando uno al otro, bolsa a bolsa, hasta quedar todos
encimados a fin de mantener el calor corporal.
En un momento Facu empieza a tiritar y hacer arcadas por el frío,
por lo que me pego a su cuerpo lo mas posible, tratando de
contenerlo un poco. Cuando caímos en cuenta de que los cuatro
estábamos despiertos y pasándola mal, decidimos continuar la
marcha a fin de que el movimiento genere calor. Recuerdo que no
podía lograr que mis mandíbulas se mantuviesen quietas,
parecían un Tiki-Taka por el ruido que hacían. Una vez pasado el
feo momento, tuve oportunidad de presenciar uno de los amaneceres
más lindos que recuerde: el sol asomando a nuestras espaldas por
detrás del Piñenue, y por delante la cordillera, nevada en
algunos sectores, flotando por encima de un mar de nubes.
Enseguida el dios Febo nos regalo sus rayos y nos sacamos de
encima el frío de los huesos. Ya con la luz del día, nos
animamos a ladear un cerro que teníamos delante, a pesar de lo
escarpado, ganando tiempo al no tener que hacer un rodeo. En un
momento vemos que en la punta de una loma había un tipo parado,
mirando hacia nosotros. Cuando lo tuvimos a tiro de piedra, nos
dimos cuenta que era Álvaro, que con su ritmo imparable no solo
había recuperado el terreno perdido, sino que nos esperó para
darnos las instrucciones precisas de cómo hallar el PC, que ellos
ya habían chequeado. Un grande, no solo por su altura.
Teníamos una media hora a ritmo fuerte hasta el CPO, y otra media
hasta el punto en que lo encontramos, así que por ende su equipo
nos llevaba por lo menos una hora de ventaja. Decidimos ponerle
onda al trekking, y a paso firme y sin perder tiempo lo encaramos,
a pesar del calor que ya se hacia sentir. Al arribar, el control
nos dice que todavía había algunos equipos detrás de nosotros,
nos informa de nuevos abandonos y nos indica que para hallar los
siguientes PCVs debíamos ir siguiendo la línea que une los hitos
fronterizos que marcan la división real entre la Argentina y
Chile. Al encontrar el primero, nos sacamos un par de fotos para
recordar el momento. Ahí fue cuando en sentido contrario nos
cruzamos a los chicos del equipo 40, que se habían
"morfado" este último CPO y estaban desandando camino
para no quedar desclasificados.
Luego del tercero, con rumbo Este encontramos el corral redondo
que indicaba la hoja de ruta. Hicimos una parada de 5 minutos para
recargar agua y reponer la capa de vaselina en nuestros pies,
porque sabíamos que todavía nos quedaban unas cuantas horas de
caminata. En cuanto tomamos la senda que ascendía a la meseta
donde encontraríamos el siguiente PCV, ¿a quien nos encontramos?
Sip, a Álvaro nuevamente y metros mas adelante a Agustinita, con
sus características risas y sonrisas. El ritmo que le impusimos a
la marcha nos permitió alcanzarlos, cosa que nos puso muy
contentos por
poder compartir el resto del trekking los seis juntos. PCV de la
araucaria gemela solitaria, y luego a encontrar el camino de
bajada luego de bordear los ñires achaparrados por un par de
kilómetros. En un momento me doy cuenta que Facu venia medio
palmado de ánimos, por lo que cual flautista de Hamelin saque de
la mochila mi teléfono y por el altavoz le puse un par de temas
que sabia iban a revivirlo, y así fue: cantando seguimos
caminando con otra energía. Chequeamos el PCV, y unos metros mas
abajo nos encontramos con el puestero de la zona, Don Cerdá,
quien henchido de orgullo y con su ropas de domingo recibía a
cada corredor con un apretón de manos y le indicaba cual era el
camino a seguir. Claro, de que otra forma iba a serlo, si mas de
una centena de desconocidos no solo pasaban por donde pocas veces
lo hace gente, sino que ademas sabían de memoria su nombre por
tenerlo escrito en la hoja de ruta… todo un acontecimiento
social para este buen hombre, que seguramente no se repita muy a
menudo. Nos quedaba un poco más de media hora de bajada, y un par
de Km. hasta el CPO donde dejamos las bicis. A esa hora el sol ya
venia haciendo de las suyas, y hasta sentía que me lastimaba la
cara y las orejas, así que a pesar del calor que hacia me cubrí
la misma dejando solamente los ojos a la vista por debajo del
casco, y de paso me cubría boca y nariz de la polvareda que
levantaban los que bajaban delante mío. Una vez abajo, vadeamos
un arrollo dejando un ratito las los piecitos en remojo, para que
el agua fría haga su trabajo y logre volverlos a su tamaño
habitual. Comimos algo y a bordo de nuestras bicis pegamos la
vuelta hacia el Camp. Ya casi llegando al mismo nos cruza Papá
con su auto por la ruta, por lo que se nos adelanto, freno su
marcha, y se bajo a saludarnos. Fue un momento muy lindo, poder
contarle en un par de frases que estábamos bien y que seguíamos
adelante. Su cara de emoción por todo lo que estaba viendo lo
decía todo.
Etapa
3
El ocaso estaba sereno, sin viento, por lo que casi sin
pensarlo decidimos tomarnos un par de horas para cambiarnos y
alimentarnos, poniendo como hora de partida para la etapa de kayak
las 21. Nos tocaban 5 PCVs y un CPO a lo largo de 50 Km. de
recorrido, bordeando casi en su totalidad las costas del Aluminé;
unas 7 horas según nuestros cálculos. Llegada la hora, previa
increíble cena preparada por Adrián y Juancito que todavía
estaban en el camping, bajamos al agua nuestros botes y con todo
el equipo de seguridad a mano, encaramos la etapa. Consultamos al
equipo de Virginia Elizalde y Fernando Aparo acerca de la
dificultad de la misma y nos solo nos comentaron de lo dura que
era sino que nos recomendaron no hacerla de noche. Quizás por la
emoción de ver lo linda que estaba la noche desoímos en
principio sus palabras. Mas como transmitirles la extraña
sensación que nos apodero instantes después de comenzada la
remada… si, creo que miedo es el sentimiento que mas se acerca,
y no hablo de ese miedo irracional a la oscuridad, sino del miedo
sólido y palpable de darnos vuelta y que nadie pudiese vernos. A
ese momento la noche era ya cerrada, el viento Puelche estaba
haciendo de las suyas con el oleaje, el frío ya se hacia sentir,
la luna brillaba por su ausencia y nosotros más perdidos que
turco en la neblina.
|

|
El
no poder ver de donde venían las olas, sumado a la imposibilidad
de medir distancias, o siquiera ver donde estaba la costa hizo que
en seguida nos diéramos cuenta de que había sido una locura
salir en esas condiciones. Encontramos el primer PCV y pegamos la
vuelta al Camp, para descansar unas horas y salir antes del alba.
Buena decisión, ya que después la organización nos comento que
tres equipos que continuaron terminaron abandonando con principio
de hipotermia al caer la helada matinal. Nos metimos en las bolsas
de dormir y a las seis arrancamos de nuevo. No quieran saber hasta
donde se oyeron mis puteadas y gritos por el frío al ponerme el
traje y las botitas de neoprene mojados desde la noche anterior,
jaja, ahí me di cuenta de que lo que estábamos haciendo no era
algo de gente normal, jajaja… por suerte al rato la ropa se
calentó, como predijo Danny y todo volvió a lo habitual. Salimos
los tres equipos juntos, ayudándonos entre los seis para buscar
los PCVs. Debo reconocer la ayuda prestada ya que nosotros en esta
etapa nos retrasamos bastante por dos razones. La primera una
rotura en el sistema de control del timón, que por suerte pude
reparar apoyado en un peñón rocoso en el medio del lago, y la
segunda por mi antebrazo derecho que estaba bastante hinchado,
fruto de una tendinitis; al terminar la remada y presentar el
pasaporte en el CPO del Camp hice una pasada fugaz por la carpa
medica y me lleve un buen pinchazo de antiinflamatorios en el
hombro. Estábamos contentos ya que teníamos gran parte de la
carrera adentro, aunque sabíamos que los primeros ya habían
terminado y era posible que nos descalificaran o que nos
penalizaran por no tener tiempo suficiente para la última etapa.
Mientras aprontábamos el equipo obligatorio para la misma, se nos
acerca el Guri a informarnos que por no tener tiempo suficiente,
no cargásemos en las mochilas los elementos de trekking, que nos
cortaban del PC8 al 9, por lo que solo teníamos que llevar los de
la bici y los de seguridad general. Fue una noticia ambigua, por
un lado no íbamos a completar el recorrido original, pero por el
otro veníamos ya medio baqueteados de cansancio y de esta forma
lograríamos alcanzar la llegada y quedar dentro de los
clasificados. Nada podíamos hacer, así que mientras pagábamos
dos horas obligatorias de stop, engullimos cuanto alimento estaba
a nuestro alcance, subimos a las bicis y salimos del Camp
pedaleando, ante la mirada de las personas presentes.
Etapa
4
Con una presión menos, sabiendo que seguíamos en carrera,
salimos rumbo sur por la ruta, haciendo unos primeros kilómetros
por asfalto y luego de nuevo a la arena. Pasado un rato miro hacia
atrás y lo veo a Facu parado al lado de la bici: había perdido
un tornillo de la parrilla portaequipajes, y se le hacia imposible
pedalear. Saqué mi bolsita ziploc guardatuti, sabiendo que tenia
precintos plásticos de tamaños varios, llevados "por si las
moscas". Con dos de lo mismo, en 3 minutos estábamos en
marcha de nuevo. Ahí es donde nuevamente nos separamos de Álvaro
y
Agus, por
no sentirse la chiquitita muy bien y necesitando una siesta a la
sombra de una araucaria. Nos despedimos de ellos prometiéndonos
encontrarnos luego, sabiendo que eso era absolutamente posible por
el ritmo que suelen llevar. Seguimos camino por la ruta, para
después de unos kilómetros doblar a la izquierda en el camino
que desemboca en el valle del río Kilka. Trepamos un buen rato,
encontrándonos de golpe en un lugar absolutamente verde, bañado
por las aguas del citado río, y con truchas surcando las mismas.
Una vez llegados al puente indicado en la hoja de ruta, recogimos
el testigo del PCV, recargamos agua, nos abrigamos y seguimos
subiendo con el sol ya ocultándose por detrás de los cerros.
Llevábamos ya unos cincuenta de los primeros noventa kilómetros
en subida de la etapa del PC8, y eso me intranquilizaba por saber
que nos faltaba la parte mas dura, con trepadas de esas que queman
las piernas y la cabeza. Por suerte estas carreras dan para largas
charlas, y con Danny casi que nos contamos la historia de nuestras
vidas, y eso lo hizo mucho más llevadero. Uno no solo logra
conversaciones de mucha profundidad sino también conocer de otra
forma a las personas; en la montaña, ante este tipo de
situaciones se logra descubrir aspectos muy distintos de la gente,
la esencia se podría llegar a decir. Y tuve la oportunidad de
reafirmar la sensación de que estaba compartiendo esta aventura
con gente de primera. Ya bien entrada la noche, en un sector donde
no se podía pedalear, interrumpo la charla con Félix porque me
pareció escuchar voces. Como Facu y Danny nos precedían en una
centena de metros, nos quedamos quietos escuchando por si era
algún equipo que nos seguía de cerca; nos reímos mucho al
darnos cuenta de que esas voces que escuchábamos eran el eco de
las nuestras, producido por los inmensos murallones de roca que
teníamos a los costados. De más esta decir que nos quedamos un
par de minutos vocalizando y haciendo pruebas de la fidelidad del
mismo. Una vez arribado a la tranquera indicada en las
instrucciones, decidimos hacer una parada rápida para comer algo
al reparo de un árbol caído. Como de costumbre, compartimos lo
que cada uno llevaba y cenamos a la luz de la luna. Puede llegar a
sonar romántico, pero les aseguro que no lo fue, jajaja… 4
bestias con roña y barba de cuatro días de carrera no es para
nada algo con glamour. Reanudamos la marcha. Para variar, al rato
¿quienes aparecieron? Si señor lector, esto ya de suspenso tiene
poco y nada… Supervielle Banco 1, Alvarito y Agustinita.
Compartimos un trecho de camino, hasta que por pedido de Facu y
Félix hicimos un stop a descansar, ellos dos decidieron seguir un
rato mas, ya que estaban un poco mas frescos. Encontramos una
hondonada a reparo del viento, y nos tiramos a dormir una hora. O
a intentarlo. Trataba de conciliar el sueño, y ni por casualidad.
Creo que el cansancio me estaba jugando trucos sucios, en cuanto
cerraba los ojos veía luces de colores que giraban… por suerte
al rato Morfeo hizo su trabajo y me desnucó contra el suelo. Nos
despertamos cagados de frío, pero al rato ya estábamos rodando y
en calor. Recuerdo que antes de salir del Camp, Yanina Ferroni del
equipo "Roca en Acción" me había dicho que llevase
bastante comida, por lo que le pregunte por la dureza del camino,
y me respondió: "llévate comida, es muy dura, te vas a
acordar de mi". Dicho y hecho, me acorde de ella desde que
empezó la parte dura hasta que terminó. Insufrible. Loma tras
loma, curva tras curva, no llegábamos más, y el terreno era tan
blando que no solo hacia imposible pedalear sino que hasta
complicaba arrastrar la bici a nuestro lado. El hastío general se
hacia sentir, por lo que intenté sacar temas de conversación
para desviar el malestar y motivar a los chicos. Y llegue a hacer
promesas del tipo "si se termina la subida después de aquel
filo, a la vuelta pago helado de Freddo para todos".
Lamentablemente las subidas seguían apareciendo. Ya con el
odómetro marcando 92 Km. recorridos, por suerte después de una
curva apareció el PCV; todo para descubrir que el testigo era…
una piedra… fffffff… ¿tanto esfuerzo para conseguir un
maldito guijarro? Jajaja, así son estas carreras. Dios escucho
nuestras plegarias, y después de tanto esfuerzo nos dio bajadas,
de las buenas, de esas de 30 km/h con los frenos clavados. La
parte mala era que no podíamos hacernos mucho los locos, porque
era camino de cornisa, era de noche y nuestros reflejos no eran
los mejores. Así que encabece el pelotón, e iluminando con mis 3
linternas el camino iba gritando "curvaaaa derechaaaa",
"curvaaaa izquierdaaaa", "guarda el pozoooo"
según el camino lo indicase… Si bien a esa velocidad se sentía
el frío del viento, la adrenalina que volvió a correr por las
venas nos anestesió del mismo y borro todo vestigio de sueño.
Acá llegó el último error de la carrera: por cansancio y
agotamiento nos pasamos 10 Km. del PC9. La puteada mas chiquita
debe haber retumbado hasta en Tokio. No nos quedaba otra que pegar
media vuelta, y calladitos retornar hasta el PC. En el medio del
regreso nos cruzamos con los amigos de "La Legión
Infernal", Juan Milo y Lucas Mansilla que nos pasan el dato
justo de la distancia a desandar. La bronca por habernos pasado
hizo que le metiéramos pata para llegar lo más rápido posible y
minimizar los efectos de la equivocación. Firmamos el pasaporte y
nos dicen que nos restaban 27 Km., con gran parte en bajada, cosa
que nos puso contentos. Lo que no nos gusto fue que eran cerca de
las 9.30 de la mañana, y para llegar dentro del horario
establecido íbamos a tener que poner nuestro último esfuerzo
para lograrlo. Teníamos tiempo hasta el mediodía. Es en estos
momentos donde cabeza y corazón trabajan a la par, porque les
juro que el si hubiese sido por el cuerpo, nos quedábamos ahí.
Con mucho esfuerzo, ya pagando con intereses el cansancio
acumulado, fuimos avanzando en algunos casos metro a metro,
pedaleando donde se podía, caminando donde no. Llegamos a las
esperadas bajadas, tomando muy buena velocidad, aunque cuando
pintaba alguna subida nos bajábamos de la bici para darle una
mano a Félix que venia extenuado, un verdadero trabajo de equipo.
|

|
Llegando
a donde empalmábamos con el asfalto para los últimos kilómetros
de carrera, lo veo a mi viejo parado en una curva, y la alegría
de verlo ahí me explotó en lágrimas. Como pude le grite que
fuera para la llegada, y me largue a llorar profundamente mientras
seguía pedaleando. Estaba descargando todas las emociones
acumuladas. Ya sobre la cinta asfáltica me anime a sacar de la
mochila la cámara de fotos, y sin detenernos, sacar las últimas
imágenes nuestras antes de terminar esta odisea. Estábamos
eufóricos, tanto esfuerzo se estaba capitalizando por completo.
Sepan que mientras término de escribir estas ultimas líneas se
me hace un nudo en la garganta, recordando este glorioso momento.
Ubicados Félix por la izquierda, y yo por la derecha, sin
bajarnos de las bicis y con una mano unida en alto, cruzamos la
línea de llegada.
Agradecimientos
En principio a mi viejo, Don Sosa, por esta ahí
acompañándonos, a toda mi familia y a los Nolazco (Rita,
Esteban, Mer y Matu) y por supuesto a todos los que con su apoyo
material y emocional hicieron posible nuestra participación: los
Gallo (July, Guille, Valen, Mau y Fran), Jenn Feraud, Grachu
Zanitti, Emiliano Suarez, Sole Polli, Lean Chavarria, Pablito
Cervetto, Agus Lecce, Chapu Siseles, Tincho Adoue, Christian
Tvardek, Ezequiel "La Hiena" Goldemberg, Dani Donadio y
todo el DD Team, los chicos del ACNIT, Mariana Borquez, Atita Di
Fabio, Loly Alvarez, Pablo Simon, Silvia Mombelli, Anita de
Revista Aventura, Maribin Berruti, al Aleph Team de Turner, a la
organización de Tierra Viva (impecable) y a todos los amigos que
nos bancan día a día con nuestras locuras.
Dedicado
a la memoria de Mariela Frydman.