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Neuquén - Villa Pehuenia - 24 al 30 de Marzo de 2008

Tierra Viva Expedition Race

Por Sebastian Sosa
Equipo número 26, Centauros Adventure Team: Félix Nolazco – Sebastian Sosa


La Previa
No la voy a hacer muy detallada, pero les aseguro que la carrera empezó mucho antes de la cuenta regresiva de largada, no solo en lo referido a entrenamiento deportivo sino con todas las cuestiones organizativas: planear viajes, conseguir equipo, estudiar cartas, reservar alojamiento y un sinfín de tareas que de enumerarlas, los agotaría antes de empezar la carrera. Pero como me gusta todo ese tipo de cosas, rato que tenia disponible, rato que le dedicaba a esta cuestión. Las semanas anteriores a viajar, las pase yendo y viniendo, comprando y consiguiendo cuanta cosa pudiéramos llegar a necesitar, dado sabíamos que en Villa Pehuenia conseguir algo que en la ciudad puede ser simple, allá quizás no lo fuera tanto. Por suerte el estar en contacto directo con otros 3 equipos facilito la faena.

Partimos rumbo a San Martín de los Andes el miércoles previo por la noche, casi una semana antes, Adrián Tuya, Juan Inza (Llaneros Off Road), Lina Mansilla y quien les escribe a bordo de "La Titular", fiel camioneta que se banco nuestro capricho de sobrecargarla "hasta la manija". Salimos con lluvia, luego reemplazada con una densa neblina. Fugaz pasaje por Bolívar para alcanzar a Lina, esposa de Adrián, y seguimos camino con rumbo sur. Viaje placentero y sin novedad, mucha música rutera. Arribamos a San Martín de los Andes ya caída la noche del jueves, recalando en un depto de alquiler mas que confortable, conseguido gracias a la gestión de Lina. De movida desparramamos en cuanto lugar libre nuestros petates, bicicletas incluidas.

Viernes y sábado pasaron de golpe, casi sin darnos cuenta, entre preparación de equipos y compras varias, entre las que puedo mencionar el cambio casi completo del sistema de transmisión de mi bici, cosa que me tuvo en vilo por varias horas. Domingo a la mañana, con "La Titu" cargada, enfilamos para Junín de los Andes a recoger a Félix que llegaba en micro, y de ahí a Pehuenia. Imaginen como iría de pesada la camioneta, que al más mínimo desnivel del suelo debíamos frenar casi por completo la marcha y rezar para que "La Titu" pasase indemne… por suerte lo logró. El camino nos iba mostrando lo maravilloso del paisaje del lugar, por el que sería muy probable recorriésemos pronto. Llegamos a la villa, pueblito nuevo con una proyección increíble, sobre todo por el potencial turístico que le da el marco cordillerano. Nos alojamos en una cabaña de una pareja adorable, amigos de Juan.
Esa fue la ultima noche, por así decirlo civilizada, antes de la carrera. Nos bañamos, dormimos en camas, y conservamos cierto orden normal con nuestras cosas. Pronto eso iba a cambiar. El reglamento de la carrera exigía que la noche previa a la largada durmiésemos en el Campamento Central (Camp), y durante ese día nos dedicamos nuevamente a organizar, acomodar, poner, sacar, inflar, armar todo: carpa, kayak, bicicletas, mochila, comida, ropa, equipo... todo esto mientras los otros sesenta y pico de equipos hacían lo mismo.. Imagino lo que se vería desde afuera, un hormiguero alborotado. Todos con la mejor de las ondas, pero absolutamente concentrados en lo que estaban haciendo. No te das cuenta pero el tiempo se te vuela. El arrancar temprano nos permitió armar las carpas junto a las de nuestros amigos: Agustina Guozden y Álvaro Luzuriaga (Supervielle Banco 1), Danny Feraud y mi hermano Facu Sosa (Supervielle Banco 1), Agustín Pittner y Ramiro Angió (Deporcamping) y los ya mencionados Adrián y Juancito. Acreditación, chequeo de elementos obligatorios, charla médica, prueba de cuerdas y reunión técnica de corredores al mando de Guri Aznarez. Creo que en ese momento caí en cuenta de que la cosa no iba a ser fácil.
El martes amaneció medio nublado y con algo de viento, aprontamos los últimos detalles, y ya con el equipo de neoprene y los chalecos puestos, subimos a nuestro kayak y partimos hacia la largada, distante unos 200 metros de nuestro sector del Camp. Ahí nos encontramos con Don Sosa, mi viejo, que viajo manejando solo desde Buenos Aires para ver a sus "nenes" correr y probar suerte con la pesca de truchas. Abrazos, fotos, deseos de éxito por doquier, y listos para largar.

Etapa 1
Para que mentirles, las revoluciones las tenia a 10.000, y eso que estaba paradito casi inmóvil en la playa del Aluminé. La largada fue lo mas parecido al estilo "Le Mans" que pueda recordar: los 2 integrantes del equipo, a varios metros de su kayak, esperando la bajada de bandera que los habilite a correr hasta el mismo, para subirse lo mas rápido posible y empezar a revolear agua. Salimos tranquilos, sabiendo que nos esperaban un par de horas ahí arriba, y no era cuestión de "quemarse" de entrada. Haciendo caso omiso a seguir a la manada, junto a un par de equipos cortamos camino esquivando unos islotes, cosa no solo inteligente sino absolutamente permitida. Algo que caracteriza a estas carreras es que uno decide cual es el mejor camino a seguir, con todos los pro y cons que ello conlleva. A pesar del intenso oleaje, chequeamos rápido los 3 PCs virtuales (PCV) y arribamos bien posicionados a la costa sur del lago Moquehue, unido al Aluminé por una angostura. Presto fue el cambio de indumentaria, ya que la hoja de ruta indicaba trekking de alta montaña, haciendo primero cumbre en el cerro Bandera, y luego por los filos a otro sin nombre de cota 2100. Llegamos al primero no sin esfuerzo, ya que el terreno a medida que ascendíamos mostraba su parte más odiosa: pedreros de arena volcánica, en los que a cada paso se hunde y desmorona hacia abajo. Chequeamos el CPO (Control de Paso Obligatorio) y luego de una parada express para abrigarnos, salimos raudos hacia el sur. Ladeamos un par de cerros, y casi llegando a la base del 2100, nos cruzamos a un equipo Venezolano que "se comió" el primer PC. Luego nos enteraríamos que abandonaron en esa etapa. Encaramos este último cerro con la noche ya sobre nosotros, y con un viento de esos que despeinan estatuas. De a poco fuimos encontrando la senda dejada por los primeros equipos, y no con bastante esfuerzo fuimos subiendo como bien dice el dicho, paso a paso, sin tregua pero sin pausa. Todo esto junto a Danny y Facu. Chequeamos el segundo CPO, y encaramos la bajada. Ahí es donde cometemos el primer error de la carrera. Debíamos desandar los filos hasta el segundo col (espacio de menor altura que une dos cumbres), y ahí bajara la izquierda hasta encontrar un camino maderero, luego de cruzar un bosque de ñires achaparrados. Nosotros bajamos en el primero, casi sin darnos cuenta, nos metimos mucho antes en dicho bosque. No encontramos el camino, y al encontrar un barranco más que importante tuvimos que desandar camino pero sentido ascendente, con el gasto energético y la frustración anímica que eso supuso. Todo esto bajo una llovizna que ademas de molestar, iba mojándonos y generando perdida de temperatura. Ahí recaigo en nuestro segundo error, y fue que por apurarnos para no perder puestos, no habíamos cargado suficiente líquido al arrancar el trekking. 
Dicen que de los errores se aprende, y les juro que esto no me volvió a suceder en toda la carrera. La cuestión es que no solo no encontramos el camino maderero, sino que estábamos perdidos, algo aturdidos, cansados, en el medio de la montaña y con 2 metros de visibilidad. Viendo que nuestro panorama no era el mas alentador, luego de deliberar un rato entre todos, decidimos abrir la radio y pedir información para poder ubicar una bajada del cerro que no implicara peligro, ya que la única que teníamos cerca era metiéndose en el cañadon del arroyo Saco, del que ya habíamos recibido precisas ordenes de evitar. Nos comunicamos con el Dr. Parada, quien nos dio instrucciones de ladear el cerro hasta pasar 500 metros después del cañadon blanco, y ahí encarar la bajada. En esos momentos, usando los silbatos dimos por casualidad con el equipo de Adrián y Juan, y a los gritos en el medio de la niebla pudimos saber que ellos estaban casi en la misma que nosotros. Solo que ellos estaban del otro lado del cañadon. Claro, no había forma en esos momentos de cruzarlo para reunirnos. Las horas pasaban y en algún momento se me cruzó por la cabeza que ahí se nos terminaba la aventura. Volvimos a pedir instrucciones por radio y cuando estábamos en eso aparecen Marcos y Carlos, encargados del CPO del 2100 que una vez cumplida su tarea, bajaron en busca de los tantos equipos perdidos. 
Fue su intervención la que nos permitió seguir en carrera, muchos de los equipos que pasaron la noche completa arriba terminaron abandonando; luego nos enteraríamos que entre ellos estarían Juancito y Adrián.
Encaramos la bajada, siguiendo a los guías expertos, a toda velocidad. Es increíble el ritmo que lleva la gente de la montaña. Y como se orientan. Ahí aprendimos muchas cosas, que terminaríamos usando en las etapas posteriores. Luego de un par de horas encontramos el bendito camino y los 4, junto a Carlos, seguimos para el CPO del arroyo Saco. Ahí Carlos nos contó acerca de sus funciones de policía en la zona, acostumbrado a seguir por los cerros las huellas que dejan los ladrones de ganado en su huida a Chile. Una vez arribado al CPO, nos despedimos agradecidos de Carlos por su ayuda y encaramos hacia el último punto del trekking, en la playa del Moquehue donde dejamos muchas horas atrás nuestras embarcaciones. Chequeamos el pasaporte, y al momento de tirarnos a dormir un rato nos damos cuenta de que habíamos perdido una de las bolsas de dormir. Shit happens, por suerte teníamos una de repuesto en la carpa. Nos desmayamos un par de horas junto a un fueguito, y cuando salio el sol encaramos la vuelta en kayak hacia el Camp. Seguíamos en carrera. Chequeamos otros 3 PCVs, esta vez sobre la margen oeste del Moquehue, manteniéndonos cerca del kayak de Facu y Danny ya que venían sin timón, regalito que les dejo una formación rocosa a ras de superficie en la primer etapa. Arribamos al Camp sin tener noticias ni de Agus y Álvaro, ni de Adrián y Juan, cosa que me tenia bastante preocupado. Luego de un buen rato, al verlos llegar no pude contener una lágrima de emoción y alivio. Muy a mi pesar, los Llaneros Off Road habían decidido bajarse de la competencia, debido a lo mal que lo habían pasado toda la noche en la montaña. Nobleza obliga destacar que a pesar de tal decisión, se los vio seguros y concientes de lo que hacían, brindándonos todo su apoyo para continuar y ofreciéndonos equipo a los que seguíamos en carrera, entre ello el kayak de reemplazo para Danny y Facu. Álvaro y Agus optaron por descansar unas horas, por lo que aprontamos nuestras bicis y luego de obtener los mapas y la hoja de ruta, encaramos la segunda etapa.

Etapa 2
Veintiocho eran aproximadamente los kilómetros que nos separaban del Paso del Arco, nuestro próximo control. A ritmo parejo devoramos los primeros nueve de asfalto para luego encontrarnos con la cruda realidad: arena; muuuuuucha arena. Arena y subidas, combinación letal. Una vez superadas las primeras (y largas) trepadas, el tema se puso aceptable, y después de un rato arribamos al CPO, cambiamos de ropa y ya con la noche sobre nosotros, enfilamos hacia el cerro Piñeñue. Perdimos un rato decidiendo el camino a tomar, pero luego encontramos un cortafuego por el cual arrimarnos a la base y hacia allí fuimos. Podíamos encararlo por cualquiera de sus costados, mas no por el frente, y nosotros decidimos hacerlo por el izquierdo. Dimos algún rodeo de más, por un par de cañadones que nos cruzamos, pero llegamos sin mucho contratiempo. Hicimos un alto en la marcha cerca de las 23, cosa de reponer energías y dejar contenta a la barriga, que venia pidiendo comida desde hacia rato largo. En este tipo de situaciones uno debe prestar mucha atención a la alimentación, porque suele suceder que uno no coma por no tener hambre, fruto del ritmo constante, pero consumiendo reservas que por fin terminan agotándose. Panza llena, corazón contento, y a seguir subiendo. "Piano, piano si va lontano" fue el mantra que usamos para hacer pasos cortos y constantes, marcando el ritmo constante. No quiero olvidar contar que esta etapa la hicimos por completo con las linternas frontales apagadas, usando únicamente la luz de la luna para guiarnos. Eso nos permitió disfrutar no solo de uno de los cielos mas lindo de los que tengo recuerdo, sino de infinidad de estrellas fugaces que nos cruzaban constantemente. De esas cosas que uno guarda en el recuerdo y no se va a olvidar jamás. Hicimos cumbre varias horas después de la medianoche y recogimos el testigo del paso por el PCV, un piñón, fruto de la araucaria araucana (pehuen) que le da nombre a la zona. Como arriba soplaba fuerte, decidimos bajar para buscar un lugar un poco mas apto para descansar. No encontramos mucho, y cuando nos dimos cuenta de que estábamos realmente cansados, ante la primera formación rocosa que encontramos desplegamos las bolsas de dormir y uno al lado del otro, nuevamente nos desmayamos. Decisión importante ya que de tan cansados estábamos haciendo boludeces y pifiando rumbos. No nos dimos cuenta de que las horas previas al alba son las más frías de la noche, y precisamente esas eran las que corrían en ese momento. Creo que en un principio sin quererlo, y luego muy concientemente nos fuimos acercando uno al otro, bolsa a bolsa, hasta quedar todos encimados a fin de mantener el calor corporal.
En un momento Facu empieza a tiritar y hacer arcadas por el frío, por lo que me pego a su cuerpo lo mas posible, tratando de contenerlo un poco. Cuando caímos en cuenta de que los cuatro estábamos despiertos y pasándola mal, decidimos continuar la marcha a fin de que el movimiento genere calor. Recuerdo que no podía lograr que mis mandíbulas se mantuviesen quietas, parecían un Tiki-Taka por el ruido que hacían. Una vez pasado el feo momento, tuve oportunidad de presenciar uno de los amaneceres más lindos que recuerde: el sol asomando a nuestras espaldas por detrás del Piñenue, y por delante la cordillera, nevada en algunos sectores, flotando por encima de un mar de nubes. 
Enseguida el dios Febo nos regalo sus rayos y nos sacamos de encima el frío de los huesos. Ya con la luz del día, nos animamos a ladear un cerro que teníamos delante, a pesar de lo escarpado, ganando tiempo al no tener que hacer un rodeo. En un momento vemos que en la punta de una loma había un tipo parado, mirando hacia nosotros. Cuando lo tuvimos a tiro de piedra, nos dimos cuenta que era Álvaro, que con su ritmo imparable no solo había recuperado el terreno perdido, sino que nos esperó para darnos las instrucciones precisas de cómo hallar el PC, que ellos ya habían chequeado. Un grande, no solo por su altura.
Teníamos una media hora a ritmo fuerte hasta el CPO, y otra media hasta el punto en que lo encontramos, así que por ende su equipo nos llevaba por lo menos una hora de ventaja. Decidimos ponerle onda al trekking, y a paso firme y sin perder tiempo lo encaramos, a pesar del calor que ya se hacia sentir. Al arribar, el control nos dice que todavía había algunos equipos detrás de nosotros, nos informa de nuevos abandonos y nos indica que para hallar los siguientes PCVs debíamos ir siguiendo la línea que une los hitos fronterizos que marcan la división real entre la Argentina y Chile. Al encontrar el primero, nos sacamos un par de fotos para recordar el momento. Ahí fue cuando en sentido contrario nos cruzamos a los chicos del equipo 40, que se habían "morfado" este último CPO y estaban desandando camino para no quedar desclasificados. 
Luego del tercero, con rumbo Este encontramos el corral redondo que indicaba la hoja de ruta. Hicimos una parada de 5 minutos para recargar agua y reponer la capa de vaselina en nuestros pies, porque sabíamos que todavía nos quedaban unas cuantas horas de caminata. En cuanto tomamos la senda que ascendía a la meseta donde encontraríamos el siguiente PCV, ¿a quien nos encontramos? Sip, a Álvaro nuevamente y metros mas adelante a Agustinita, con sus características risas y sonrisas. El ritmo que le impusimos a la marcha nos permitió alcanzarlos, cosa que nos puso muy contentos por poder compartir el resto del trekking los seis juntos. PCV de la araucaria gemela solitaria, y luego a encontrar el camino de bajada luego de bordear los ñires achaparrados por un par de kilómetros. En un momento me doy cuenta que Facu venia medio palmado de ánimos, por lo que cual flautista de Hamelin saque de la mochila mi teléfono y por el altavoz le puse un par de temas que sabia iban a revivirlo, y así fue: cantando seguimos caminando con otra energía. Chequeamos el PCV, y unos metros mas abajo nos encontramos con el puestero de la zona, Don Cerdá, quien henchido de orgullo y con su ropas de domingo recibía a cada corredor con un apretón de manos y le indicaba cual era el camino a seguir. Claro, de que otra forma iba a serlo, si mas de una centena de desconocidos no solo pasaban por donde pocas veces lo hace gente, sino que ademas sabían de memoria su nombre por tenerlo escrito en la hoja de ruta… todo un acontecimiento social para este buen hombre, que seguramente no se repita muy a menudo. Nos quedaba un poco más de media hora de bajada, y un par de Km. hasta el CPO donde dejamos las bicis. A esa hora el sol ya venia haciendo de las suyas, y hasta sentía que me lastimaba la cara y las orejas, así que a pesar del calor que hacia me cubrí la misma dejando solamente los ojos a la vista por debajo del casco, y de paso me cubría boca y nariz de la polvareda que levantaban los que bajaban delante mío. Una vez abajo, vadeamos un arrollo dejando un ratito las los piecitos en remojo, para que el agua fría haga su trabajo y logre volverlos a su tamaño habitual. Comimos algo y a bordo de nuestras bicis pegamos la vuelta hacia el Camp. Ya casi llegando al mismo nos cruza Papá con su auto por la ruta, por lo que se nos adelanto, freno su marcha, y se bajo a saludarnos. Fue un momento muy lindo, poder contarle en un par de frases que estábamos bien y que seguíamos adelante. Su cara de emoción por todo lo que estaba viendo lo decía todo.

Etapa 3
El ocaso estaba sereno, sin viento, por lo que casi sin pensarlo decidimos tomarnos un par de horas para cambiarnos y alimentarnos, poniendo como hora de partida para la etapa de kayak las 21. Nos tocaban 5 PCVs y un CPO a lo largo de 50 Km. de recorrido, bordeando casi en su totalidad las costas del Aluminé; unas 7 horas según nuestros cálculos. Llegada la hora, previa increíble cena preparada por Adrián y Juancito que todavía estaban en el camping, bajamos al agua nuestros botes y con todo el equipo de seguridad a mano, encaramos la etapa. Consultamos al equipo de Virginia Elizalde y Fernando Aparo acerca de la dificultad de la misma y nos solo nos comentaron de lo dura que era sino que nos recomendaron no hacerla de noche. Quizás por la emoción de ver lo linda que estaba la noche desoímos en principio sus palabras. Mas como transmitirles la extraña sensación que nos apodero instantes después de comenzada la remada… si, creo que miedo es el sentimiento que mas se acerca, y no hablo de ese miedo irracional a la oscuridad, sino del miedo sólido y palpable de darnos vuelta y que nadie pudiese vernos. A ese momento la noche era ya cerrada, el viento Puelche estaba haciendo de las suyas con el oleaje, el frío ya se hacia sentir, la luna brillaba por su ausencia y nosotros más perdidos que turco en la neblina.

El no poder ver de donde venían las olas, sumado a la imposibilidad de medir distancias, o siquiera ver donde estaba la costa hizo que en seguida nos diéramos cuenta de que había sido una locura salir en esas condiciones. Encontramos el primer PCV y pegamos la vuelta al Camp, para descansar unas horas y salir antes del alba. Buena decisión, ya que después la organización nos comento que tres equipos que continuaron terminaron abandonando con principio de hipotermia al caer la helada matinal. Nos metimos en las bolsas de dormir y a las seis arrancamos de nuevo. No quieran saber hasta donde se oyeron mis puteadas y gritos por el frío al ponerme el traje y las botitas de neoprene mojados desde la noche anterior, jaja, ahí me di cuenta de que lo que estábamos haciendo no era algo de gente normal, jajaja… por suerte al rato la ropa se calentó, como predijo Danny y todo volvió a lo habitual. Salimos los tres equipos juntos, ayudándonos entre los seis para buscar los PCVs. Debo reconocer la ayuda prestada ya que nosotros en esta etapa nos retrasamos bastante por dos razones. La primera una rotura en el sistema de control del timón, que por suerte pude reparar apoyado en un peñón rocoso en el medio del lago, y la segunda por mi antebrazo derecho que estaba bastante hinchado, fruto de una tendinitis; al terminar la remada y presentar el pasaporte en el CPO del Camp hice una pasada fugaz por la carpa medica y me lleve un buen pinchazo de antiinflamatorios en el hombro. Estábamos contentos ya que teníamos gran parte de la carrera adentro, aunque sabíamos que los primeros ya habían terminado y era posible que nos descalificaran o que nos penalizaran por no tener tiempo suficiente para la última etapa. Mientras aprontábamos el equipo obligatorio para la misma, se nos acerca el Guri a informarnos que por no tener tiempo suficiente, no cargásemos en las mochilas los elementos de trekking, que nos cortaban del PC8 al 9, por lo que solo teníamos que llevar los de la bici y los de seguridad general. Fue una noticia ambigua, por un lado no íbamos a completar el recorrido original, pero por el otro veníamos ya medio baqueteados de cansancio y de esta forma lograríamos alcanzar la llegada y quedar dentro de los clasificados. Nada podíamos hacer, así que mientras pagábamos dos horas obligatorias de stop, engullimos cuanto alimento estaba a nuestro alcance, subimos a las bicis y salimos del Camp pedaleando, ante la mirada de las personas presentes.

Etapa 4
Con una presión menos, sabiendo que seguíamos en carrera, salimos rumbo sur por la ruta, haciendo unos primeros kilómetros por asfalto y luego de nuevo a la arena. Pasado un rato miro hacia atrás y lo veo a Facu parado al lado de la bici: había perdido un tornillo de la parrilla portaequipajes, y se le hacia imposible pedalear. Saqué mi bolsita ziploc guardatuti, sabiendo que tenia precintos plásticos de tamaños varios, llevados "por si las moscas". Con dos de lo mismo, en 3 minutos estábamos en marcha de nuevo. Ahí es donde nuevamente nos separamos de Álvaro y Agus, por no sentirse la chiquitita muy bien y necesitando una siesta a la sombra de una araucaria. Nos despedimos de ellos prometiéndonos encontrarnos luego, sabiendo que eso era absolutamente posible por el ritmo que suelen llevar. Seguimos camino por la ruta, para después de unos kilómetros doblar a la izquierda en el camino que desemboca en el valle del río Kilka. Trepamos un buen rato, encontrándonos de golpe en un lugar absolutamente verde, bañado por las aguas del citado río, y con truchas surcando las mismas. Una vez llegados al puente indicado en la hoja de ruta, recogimos el testigo del PCV, recargamos agua, nos abrigamos y seguimos subiendo con el sol ya ocultándose por detrás de los cerros. Llevábamos ya unos cincuenta de los primeros noventa kilómetros en subida de la etapa del PC8, y eso me intranquilizaba por saber que nos faltaba la parte mas dura, con trepadas de esas que queman las piernas y la cabeza. Por suerte estas carreras dan para largas charlas, y con Danny casi que nos contamos la historia de nuestras vidas, y eso lo hizo mucho más llevadero. Uno no solo logra conversaciones de mucha profundidad sino también conocer de otra forma a las personas; en la montaña, ante este tipo de situaciones se logra descubrir aspectos muy distintos de la gente, la esencia se podría llegar a decir. Y tuve la oportunidad de reafirmar la sensación de que estaba compartiendo esta aventura con gente de primera. Ya bien entrada la noche, en un sector donde no se podía pedalear, interrumpo la charla con Félix porque me pareció escuchar voces. Como Facu y Danny nos precedían en una centena de metros, nos quedamos quietos escuchando por si era algún equipo que nos seguía de cerca; nos reímos mucho al darnos cuenta de que esas voces que escuchábamos eran el eco de las nuestras, producido por los inmensos murallones de roca que teníamos a los costados. De más esta decir que nos quedamos un par de minutos vocalizando y haciendo pruebas de la fidelidad del mismo. Una vez arribado a la tranquera indicada en las instrucciones, decidimos hacer una parada rápida para comer algo al reparo de un árbol caído. Como de costumbre, compartimos lo que cada uno llevaba y cenamos a la luz de la luna. Puede llegar a sonar romántico, pero les aseguro que no lo fue, jajaja… 4 bestias con roña y barba de cuatro días de carrera no es para nada algo con glamour. Reanudamos la marcha. Para variar, al rato ¿quienes aparecieron? Si señor lector, esto ya de suspenso tiene poco y nada… Supervielle Banco 1, Alvarito y Agustinita. Compartimos un trecho de camino, hasta que por pedido de Facu y Félix hicimos un stop a descansar, ellos dos decidieron seguir un rato mas, ya que estaban un poco mas frescos. Encontramos una hondonada a reparo del viento, y nos tiramos a dormir una hora. O a intentarlo. Trataba de conciliar el sueño, y ni por casualidad. Creo que el cansancio me estaba jugando trucos sucios, en cuanto cerraba los ojos veía luces de colores que giraban… por suerte al rato Morfeo hizo su trabajo y me desnucó contra el suelo. Nos despertamos cagados de frío, pero al rato ya estábamos rodando y en calor. Recuerdo que antes de salir del Camp, Yanina Ferroni del equipo "Roca en Acción" me había dicho que llevase bastante comida, por lo que le pregunte por la dureza del camino, y me respondió: "llévate comida, es muy dura, te vas a acordar de mi". Dicho y hecho, me acorde de ella desde que empezó la parte dura hasta que terminó. Insufrible. Loma tras loma, curva tras curva, no llegábamos más, y el terreno era tan blando que no solo hacia imposible pedalear sino que hasta complicaba arrastrar la bici a nuestro lado. El hastío general se hacia sentir, por lo que intenté sacar temas de conversación para desviar el malestar y motivar a los chicos. Y llegue a hacer promesas del tipo "si se termina la subida después de aquel filo, a la vuelta pago helado de Freddo para todos". Lamentablemente las subidas seguían apareciendo. Ya con el odómetro marcando 92 Km. recorridos, por suerte después de una curva apareció el PCV; todo para descubrir que el testigo era… una piedra… fffffff… ¿tanto esfuerzo para conseguir un maldito guijarro? Jajaja, así son estas carreras. Dios escucho nuestras plegarias, y después de tanto esfuerzo nos dio bajadas, de las buenas, de esas de 30 km/h con los frenos clavados. La parte mala era que no podíamos hacernos mucho los locos, porque era camino de cornisa, era de noche y nuestros reflejos no eran los mejores. Así que encabece el pelotón, e iluminando con mis 3 linternas el camino iba gritando "curvaaaa derechaaaa", "curvaaaa izquierdaaaa", "guarda el pozoooo" según el camino lo indicase… Si bien a esa velocidad se sentía el frío del viento, la adrenalina que volvió a correr por las venas nos anestesió del mismo y borro todo vestigio de sueño. Acá llegó el último error de la carrera: por cansancio y agotamiento nos pasamos 10 Km. del PC9. La puteada mas chiquita debe haber retumbado hasta en Tokio. No nos quedaba otra que pegar media vuelta, y calladitos retornar hasta el PC. En el medio del regreso nos cruzamos con los amigos de "La Legión Infernal", Juan Milo y Lucas Mansilla que nos pasan el dato justo de la distancia a desandar. La bronca por habernos pasado hizo que le metiéramos pata para llegar lo más rápido posible y minimizar los efectos de la equivocación. Firmamos el pasaporte y nos dicen que nos restaban 27 Km., con gran parte en bajada, cosa que nos puso contentos. Lo que no nos gusto fue que eran cerca de las 9.30 de la mañana, y para llegar dentro del horario establecido íbamos a tener que poner nuestro último esfuerzo para lograrlo. Teníamos tiempo hasta el mediodía. Es en estos momentos donde cabeza y corazón trabajan a la par, porque les juro que el si hubiese sido por el cuerpo, nos quedábamos ahí. Con mucho esfuerzo, ya pagando con intereses el cansancio acumulado, fuimos avanzando en algunos casos metro a metro, pedaleando donde se podía, caminando donde no. Llegamos a las esperadas bajadas, tomando muy buena velocidad, aunque cuando pintaba alguna subida nos bajábamos de la bici para darle una mano a Félix que venia extenuado, un verdadero trabajo de equipo.

Llegando a donde empalmábamos con el asfalto para los últimos kilómetros de carrera, lo veo a mi viejo parado en una curva, y la alegría de verlo ahí me explotó en lágrimas. Como pude le grite que fuera para la llegada, y me largue a llorar profundamente mientras seguía pedaleando. Estaba descargando todas las emociones acumuladas. Ya sobre la cinta asfáltica me anime a sacar de la mochila la cámara de fotos, y sin detenernos, sacar las últimas imágenes nuestras antes de terminar esta odisea. Estábamos eufóricos, tanto esfuerzo se estaba capitalizando por completo. Sepan que mientras término de escribir estas ultimas líneas se me hace un nudo en la garganta, recordando este glorioso momento. Ubicados Félix por la izquierda, y yo por la derecha, sin bajarnos de las bicis y con una mano unida en alto, cruzamos la línea de llegada.

Agradecimientos
En principio a mi viejo, Don Sosa, por esta ahí acompañándonos, a toda mi familia y a los Nolazco (Rita, Esteban, Mer y Matu) y por supuesto a todos los que con su apoyo material y emocional hicieron posible nuestra participación: los Gallo (July, Guille, Valen, Mau y Fran), Jenn Feraud, Grachu Zanitti, Emiliano Suarez, Sole Polli, Lean Chavarria, Pablito Cervetto, Agus Lecce, Chapu Siseles, Tincho Adoue, Christian Tvardek, Ezequiel "La Hiena" Goldemberg, Dani Donadio y todo el DD Team, los chicos del ACNIT, Mariana Borquez, Atita Di Fabio, Loly Alvarez, Pablo Simon, Silvia Mombelli, Anita de Revista Aventura, Maribin Berruti, al Aleph Team de Turner, a la organización de Tierra Viva (impecable) y a todos los amigos que nos bancan día a día con nuestras locuras.

Dedicado a la memoria de Mariela Frydman.


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