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Buenos Aires - Capital Federal - 4 de noviembre de 2007

Maratón Internacional de Buenos Aires

Por Federico Rodriguez


Antes y después

Hay momentos en la vida que te marcan y hacen que algunas cosas no vuelvan a ser como antes.

La experiencia de haber corrido por primera vez una maratón, la Maratón de Buenos Aires, es uno de esos momentos que dicen que antes eras atleta y ahora sos maratonista. Ya está: ya corrí 42 kilómetros sin parar desde el sur hasta el norte de la ciudad de Buenos Aires. Y lo que parece increíble para mucha gente: disfruté cada metro que corrí.

Disfruté esperar la largada en los pocos rayitos de sol que subían la sensación térmica de 4 a 5 grados a las 6.30 de la mañana: correr en musculosa y calzas cortas en esas condiciones hace temblar al más duro. Pero luego de una entrada en calor y el "amuchamiento" de los minutos anteriores a la cuenta regresiva, uno se siente bien y preparado para iniciar la marcha.
En mi caso, el objetivo era poder bajar la marca de las 3 horas, meta que para cualquier debut puede ser algo ambiciosa. Pero con seis años de experiencia en triatlones y una marca de media maratón de 1 hora y 24 minutos (registrada en la última celebrada en Buenos Aires), era posible. Sólo necesitaba un poco de suerte y acertar con la estrategia de carrera.
También disfruté la largada, que se hizo de manera muy ordenada, ya que al no haber tanto inicio veloz por la distancia que se encara, los que empujan y los apurados por adelantar gente no son tantos.
Unos kilómetros por las calles de la zona y a subirse a la autopista. Ya sobre ella me di cuenta de que era un placer correr por ahí. El pavimento estaba en perfecto estado, sin una arruga, con las subidas progresivas y lo suficientemente largas como para no caerse demasiado en el ritmo y recuperarlo en la bajada siguiente. Ahí lograba pasar la marca de los 10 kilómetros en 41 min 43 s, es decir, un promedio de 4 m 10 s por kilómetro. Disfruté muchísimo, contrariamente a lo que esperaba, los casi 10 kilómetros recorridos sobre la altura de la ciudad.
Qué placer es hacer una carrera en la que podés ir conversando con tus compañeros de ruta, ya que los primeros 12 o 15 kilómetros son realmente una corrida aeróbica y de fondo con tus amigos. El pulso es bajo, los dolores todavía no aparecen, el ritmo de las piernas se mantiene constante, no hay apremios que exijan tu concentración ni un gran esfuerzo. Hasta ahí... todo es conocido. Tomar agua, Gatorade, tal vez comer algo liviano.
Entonces bajamos de la autopista. Junto con Pablo, que desde el kilómetro 12 me seguía con su bici, cargado con mis provisiones de bebida y comida planeadas, tomamos la calle Carlos Pellegrini y encaramos el segundo tercio de la carrera. Necesité detenerme en un baño unos segundos, para continuar mi marcha con mayor comodidad.
Se disfruta mucho correr por una calle que parece un tubo: la copa de los árboles por encima y la gente gritando y aplaudiendo a los costados. Se concentra la energía tanto de los corredores como del público. Y la energía se transmite.
La carrera todavía parecía un misterio. "Me dijeron que correr maratón era duro... ¿cuándo va a empezar a doler?", pensaba yo cuando bajaba de la Plaza de Mayo para tomar Paseo Colón hacia la Boca. Y al completar la media maratón, todavía el dolor no aparecía... aunque la carrera de a poco empezaba a ser cada vez más dura. Mantener el ritmo que me había hecho lograr la marca de los 21,097 kilómetros en un tiempo casi exacto de 1 h 29 min se volvía cada vez más complicado. Pero seguía adelante con el mismo paso, lo que aumentaba mi disfrute.
Había logrado mejorar el ritmo y por ello empezaba a aparecer lo que tanto esperaba: los dolores de piernas. Ya estaba corriendo a un promedio de 4 min 08 s los mil metros cuando en el kilómetro 26 los dolores en ambos cuádriceps me decían que empezaba a sentir lo que una maratón realmente te hace sentir: que se sufre y que duele. Y disfruté mucho ese momento. De ahí en adelante, tenía que ver de qué estaba hecho, qué estaba dispuesto a hacer.
Es maravilloso mantener el ritmo y luego del kilómetro 32 acelerarlo hasta alcanzar los 4 minutos por kilómetro. No sólo mantenía la velocidad, también los dolores de piernas, que me seguían como amigos fieles.
Hablando de amigos fieles, a la compañía de Pablo se sumó la emoción enorme de ver aparecer a mi amigo Matías, para acompañarme a pie los últimos 10 kilómetros. Fue maravilloso y el disfrute fue total al ver cómo pasaban números cada vez más grandes 35, 36... sólo quedaban 6 kilómetros cuando unas ganas enormes de caminar se colgaban de mi espalda. Se sumó también mi gran amigo Mariano. Un poco de barra de cereales y unos tragos de coca cola bien fresca hacían más placenteros (o menos sufridos) los últimos minutos de la carrera. Dolían, y cómo, las piernas; dolían las ganas; el ceño, de tanto fruncirlo por los otros dolores, también dolía.
Llegando al kilómetro 40, decidí aliviar un poco la presión de mi abdomen y usé los últimos baños de la carrera, sabiendo que el objetivo de bajar las 3 horas estaba casi consumado. Quería disfrutar a pleno los últimos 2 kilómetros de mi primera maratón. Luego de 4 min 17 s llegué al kilómetro 41, e inexplicables fuerzas que suben desde el alma me hicieron subir el ritmo y recorrer en unos desconocidos 3 min 54 s los últimos mil metros hasta el kilómetro 42.
Y a esta altura, el mejor de los calambres... el de la sonrisa interminable que hace creer que tu cara se estira. El mejor de los temblores... el que hace tambalear toda la dureza del corazón y te lo ablanda, y a la vez te lo hace estallar de alegría al ver y oír a tu viejo y a tu hermanito gritar con una admiración incomparable. La mejor de las hidrataciones, la de las lágrimas que se te escapan sin intentar reprimirlas, porque te las ganaste.
No hay sufrimiento en ese momento, sólo placer y emoción, la emoción de sentir que hace 2 horas 58 minutos y 7 segundos eras uno, y ahora sos otro.
El beso con mi mujer, con mi hijo, el abrazo emocionado de los tres. El alivio de descansar al cuidado de los que te quieren. El enorme agradecimiento a mis acompañantes de lujo, Pablo, Mati y Mariano. Gracias por bancarme en ésta. Ya lo saben, pero igual se los digo, que voy a estar, como siempre, para bancarlos en la que necesiten.

Gracias a todos los que me alentaron, me aconsejaron y me acompañaron en los entrenamientos. A todos, gracias. Y gracias a Dios, que suele tener la última palabra...


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