Correadores keniano

En Kenia, el éxito conduce a la ruina a muchos atletas de élite.

El éxito en una carrera de larga distancia puede sacar a un corredor keniano de la pobreza de un día para otro, pero a veces también tiene un sabor amargo. A muchos de estos atletas, el dinero y la fama les han llevado a la ruina.

Duncan Kibet ganó hace 10 años, el 5 de abril de 2009, la 29.ª edición del Maratón de Róterdam. Llevaba una década ganándose la vida como atleta de élite, como muchos otros kenianos corredores de larga distancia, pero ese día, con una marca de 2:04:27, se convirtió en el poseedor del récord nacional de su país y el segundo maratoniano más rápido de la historia. Ese día le cambió la vida.

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Ganó 180 000 dólares con la prueba, y poco después firmó un contrato con Nike por 100.000 dólares. Ese dinero en Kenia debería haberle durado toda una vida, pero no fue así. Le compró una casa a su madre en Eldoret, pagó la escolarización de varios familiares e hizo una donación a un hogar de huérfanos. Se compró trajes italianos y gorras y camisetas de béisbol que se hizo traer desde Estados Unidos. Una lesión en la ingle le impidió terminar los maratones de Berlín y Londres. Se deterioró su rendimiento físico y dos años después de su triunfo en Róterdam estaba prácticamente en bancarrota y sin trabajo. «Me lo gasté todo», comenta Kibet, de 40 años, en su minúsculo apartamento de Eldoret a The New York Times.

No se trata de un caso aislado. Muchos jóvenes kenianos ven las carreras profesionales como una forma de escapar de la pobreza. Pero solo unos pocos logran ganarse la vida corriendo, ni siquiera los que ascienden a la cumbre del deporte —como Kibet— y ganan uno de los principales maratones.

La Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo calcula que tan solo uno de cada cuatro exatletas de élite de Kenia vive con cierto desahogo. Más de la mitad están en auténticos apuros. La mayoría tiene grandes familias que mantener, algunos apenas están alfabetizados y muy pocos saben cómo administrar sus ganancias. Cuando les llega de pronto un montón de dinero en efectivo, muchos de estos atletas dejan de entrenar como deben y empiezan a gastan sin mesura. Se les sube el éxito a la cabeza.

En Eldoret hay una buena cantidad de estafadores, y los atletas con dinero en abundancia son un blanco fácil. Un timo bastante común es la venta de títulos de propiedad falsos. En 2011, debido a un apuro financiero, Duncan Kibet se vio obligado a vender la casa que había comprado a su madre. Según afirma, el comprador adelantó solo la mitad del valor a cambio de pagarle lo demás con el título de una propiedad más pequeña. El acuerdo fue un fraude.

El problema es aún peor para las mujeres atletas. Aunque las maratonianas tienden a ser más responsables, a menudo son también más vulnerables a la explotación. Las atletas hablan de hombres “hienas” que se presentan a competiciones juveniles a la caza de jóvenes promesas.

Duncan Kibet

Parte del problema es que la mayoría de los representantes de los corredores, que se encargan de sus carreras y patrocinios, están radicados en Estados Unidos o Europa y no ayudan a los atletas a gestionar sus asuntos económicos. Athletics Kenya, la federación nacional que supervisa el deporte en nombre del gobierno keniano, tampoco ayuda. El organismo ha estado involucrado en una serie de escándalos, y en Kenia no existe un plan de jubilación para los atletas.

A día de hoy, Kibet quiere terminar los estudios que dejó a medias y quizá llegar a ser criminólogo (es fanático de la serie de televisión CSI). Sueña con volver a la élite. “Con solo tres meses de mucho entrenamiento, estaré listo para las carreras”, afirma. Ojalá.

Fuente: The New York Times

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