Tengo 28 años y me llamo Lance. Soy estadounidense y creo que puedo decir con orgullo que me considero un ganador. No me malinterpreten, no lo digo con presunción, sino como consecuencia de haber podido salir airoso -hasta ahora- de los revolcones que me ha dado la vida. Me explico.

Nací en Austin, Texas, y desde pequeño me gustó el deporte. Destaqué en natación y triatlón, y se me daba bien la bicicleta, por lo que pronto pasé a ser ciclista profesional. Era bueno, tanto que a los 21 años me proclamé campeón del mundo. Tenía por delante un futuro prometedor, poseía un rancho increíble a las orillas del lago Austin y hasta llevaba en el bolsillo las llaves de mi propio Porsche. Pero un día, el 2 de octubre de 1996, salí de casa para hacerme unos análisis médicos y, cuando volví, era otra persona. Durante semanas había notado una gran inflamación en la ingle, suponía que a resultas de montar en bicicleta. Los ciclistas estamos acostumbrados a ignorar el dolor, pero comencé a vomitar sangre y a tener pérdidas de visión y migrañas.

Me diagnosticaron un cáncer en el testículo y después, para complicar más las cosas, descubrieron que también tenía una docena de tumores, del tamaño de una pelota de golf, en los pulmones y el cerebro. Saben, yo no nací para vivir una muerte lenta. No hago nada con parsimonia, ni siquiera respirar. Hablo rápido, me duermo rápido y mi existencia transcurre a toda velocidad. Me he pasado la vida compitiendo sobre una bicicleta y, cuando me comunicaron que tenía cáncer, decidí pelear contra él. Le dije: “Te has equivocado de persona. Al elegir un cuerpo para vivir en él, cometiste un error porque seleccionaste el mío”. Pero, en el fondo, sabía que todo eran fanfarronadas. Mi cara estaba pálida, mis ojos hundidos y mi boca parecía una línea delgada sobre el rostro.

Entonces, cambié de táctica e intenté negociar con la enfermedad. OK, si el trato es que nunca vuelva a montar en bici, de acuerdo, pero quiero vivir. Dime dónde tengo que firmar. Volveré a la escuela, me convertiré en un hombre-basura, todo el día tumbado, sin hacer nada, pero quiero vivir. Los médicos aseguraban que tenía un 40% de posibilidades de vencer al cáncer, y ahora, cuando me miro en el espejo, creo que fueron muy considerados. Verán. A la altura del corazón tengo una cicatriz del catéter que llevé los tres meses en los que recibí quimioterapia. Otra cicatriz, recuerdo de la cirugía, secciona uno de mis testículos y asciende por la ingle hasta la cadera. Pero la palma se la llevan las dos medias lunas de mi cuero cabelludo, recuerdo de una intervención cerebral.

Tumores
En el Centro Médico de la Universidad de Indiana tuve la suerte de conocer a un neurocirujano, el doctor Scott Shapiro, y un oncólogo, el doctor Craig Nichols, que se ganaron mi confianza. Nichols me propuso recurrir a la cirugía para eliminar los tumores del cerebro porque, de tratarlos con radiaciones, éstas podrían afectar al sistema nervioso central, produciendo un ligero deterioro intelectual y de coordinación. Nada serio para una persona que hace una vida normal, pero sí para alguien que tiene que bajar en bici, y a mil por hora, los puertos de los Alpes. En cuanto a la quimioterapia, decidió utilizar un protocolo basado en el platino, llamado VIP que, según él, era más cáustico a corto plazo pero que, a la larga, castigaría menos mis pulmones. Se trataba de un cóctel de tres medicamentos -Vepesid, Ifex y Platinol- de los laboratorios Bristol Myers Squibb, conocidos por su elevado índice de éxito en los tratamientos contra el cáncer.

La noche anterior a la operación de mi cerebro, el doctor Shapiro vino a verme. Estaba más serio que de costumbre. Me dijo que los tumores estaban en lugares peligrosos y que, por ello, la intervención necesitaba ser milimétrica, ya que el menor fallo podía afectarme la vista o comprometer mi movilidad… A mí me aterraba pensar que iban a abrirme la cabeza. Shapiro me animó: “Mira, a nadie le gusta que le hagan algo así. Si no tuvieras miedo sería rarísimo”. Después de la cirugía me sometí a cuatro sesiones de quimioterapia. Tras ellas, el 13 de diciembre de 1996, estaba encogido en posición fetal y vomitaba las 24 horas del día. Había perdido nueve kilos y toda mi masa muscular había desaparecido. Además, se esfumó mi contrato de 440 millones de pesetas, por dos años, con Cofidis, el equipo francés que me dio por desahuciado. Mis otros patrocinadores, Nike, Oakley, Giro y Milton Bradley permanecieron leales, pero mi principal fuente de ingresos procedía de Cofidis. Tuve que vender mi Porsche y a punto estuve de hacer lo mismo con mi casa. Creían que estaba acabado. Nadie me quería fichar. Incluso un director le dijo a mi representante: “Vamos, sabes que nunca volverá al pelotón”. Al final, un equipo patrocinado por el U.S. Postal Service me fichó por mucho menos de lo que solía cobrar, exactamente por 38 millones de pesetas anuales. Fue mi impuesto al cáncer. En 1998 volví a pedalear.

Mi retorno al ciclismo fue un fracaso, aunque más tarde descubrí que la enfermedad me había convertido en un hombre más inteligente y centrado. Mi primera carrera la disputé en España, fue la Ruta del Sol. Acabé decimocuarto. Dos semanas después corrí la París-Niza, una dura competición de ocho días marcada por la lluvia y un viento gélido. En la segunda etapa me bajé de la bicicleta y exclamé: “No quiero pasarme el resto de la vida haciendo esto. Me voy a casa”.

La vida patas arriba
En Austin me convertí en un holgazán. Jugaba al golf, hacía esquí acuático, bebía cerveza y me pasaba las horas en el sofá haciendo zapping. El cáncer me había puesto la vida patas arriba y estaba desorientado. Nadie podía comprenderlo, excepto Kristin, mi mujer. La había conocido un mes después de acabar la quimioterapia, durante la presentación de mi fundación contra el cáncer. Me enamoré de ella y le propuse que se casara conmigo. Tras varias semanas vagueando, me habló claro. Me preguntó si iba a seguir en ese plan o si pensaba volver al trabajo. Decidí que quería seguir en el ciclismo y retomé mis entrenamientos. Empezada la temporada, gané varias carreras, como la cronometrada del circuito de la Sarthe, el prólogo de la Dauphiné Libéré y una etapa en la Route du Sud. Me sentía feliz porque, aunque cada seis meses tenía que someterme a radiología para evitar recaer, estaba prácticamente curado.

Y entonces llegó el Tour de 1999. Hasta aquel momento me había considerado un ciclista de carreras de un solo día, pero pronto comprendí que también en eso había cambiado. La carrera comenzó con un prólogo en el que los favoritos eran Abraham Olano, el campeón del mundo, y Alex Zulle. Lo hicieron muy bien, pero gané yo. Era el líder. Por primera vez me puse el jersey amarillo. En Niza, Kristin, ya mi esposa, se encontraba frente al televisor cuando subí al podio. Se puso a dar saltos de alegría por la casa mientras nuestro perro ladraba. Desde entonces, mi equipo se dedicó a protegerme del ataque de mis rivales y yo a cuidarme de las caídas. En Metz gané otra etapa, una cronometrada de 56 kilómetros conocida como la hora de la verdad porque, en ella, sucumben los más débiles. Y al día siguiente repetí triunfo en la durísima primera etapa alpina que terminaba en Sestrière, en la frontera franco-italiana.

Sabía que en el pelotón pensaban que no aguantaría en la montaña. Tenía contrincantes muy peligrosos, como Zulle o Escartín y, por delante, subidas tan difíciles como la cima del Télégraphe, la del Galibier, la de Montgenévre y, por fin, la meta en lo alto de Sestrière. Iba en un grupo perseguidor con otros cinco ciclistas. Juntos comenzamos a subir los 30 kilómetros del último puerto y, cuando faltaban ocho para la meta, ataqué y me fui con Zulle en busca de Gotti y Escartín. Rodaba sin dificultad y, al alcanzar a los fugados, me puse a rueda de Escartín. Me miraba atónito. Quise saber cómo se encontraban, sondear su estado físico y mental. Por eso les ataqué. No respondieron. “Llevas 30 segundos de ventaja”, me decía Johan por mi auricular.

El triunfo
Gané aquella etapa y cuando entraba en meta, un torbellino de sentimientos giraba en mi cerebro: pensaba en el cáncer y también en la incredulidad de mis compañeros, que dudaban de que volviera a poder montar. Por eso pedaleé aún más rápido. Gané otra etapa, la cuarta de aquel Tour, y otra cronometrada, esta vez en Futuroscope. En París, tras bajar del podio con el cheque de 70 millones de pesetas, salté hacia las gradas para abrazar a Kristin, mi mujer, y a Linda, mi madre. Un periodista le preguntó si pensaba que la victoria de su hijo había sido contra pronóstico. “Toda la vida de Lance ha sido contra pronóstico”, respondió. Me interrogaban por el pasado y por mi enfermedad, pero lo que me importaba era que me había convertido en el mejor. Kristin y yo esperábamos un hijo para finales de septiembre, que ya es famoso por los anuncios de Bristol Myers, en los que aparece entre mis brazos. Cuando nació le bautizamos Luke David Armstrong y mi mujer nos llama “mis dos chicos milagrosos”. La verdad es que si ahora alguien me diese a elegir entre resultar ganador del Tour o del cáncer, elegiría lo último. Así como suena.