Peter Czanyo, de 62 años, participó recientemente de una expedición al Aconcagua en la que sufrió una trombosis en uno de sus brazos.

En 2003, Peter Czanyo fue diagnosticado con cáncer de pulmón y sometido a una cirugía en la que perdió la mitad de su pulmón izquierdo. Desde ese momento decidió transformar su vida sedentaria, dejó de fumar, y comenzó a correr y escalar montañas.

Su entrenamiento dio frutos el pasado mes de febrero, cuando hizo parte del equipo de 11 atletas que conformaron Summit Aconcagua, “un proyecto para demostrar que siempre se puede vencer la adversidad”, donde la misión era alcanzar la cumbre del monte Aconcagua, el más alto de Suramérica.

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Peter Czanyo relató la historia de su logro y las adversidades que debió vencer para tratar de alcanzar una de las cumbres más significativas para los escaladores, entre otras, una trombosis en su brazo.

Jamás había hecho deporte antes del 2003, año en el que le detectaron el cáncer. “Me sacaron medio pulmón izquierdo y tengo un 40% de función pulmonar obstruida. Respiro con el 60% restante. Ahora tengo 62 años recién cumplidos”, cuenta Czanyo.

Las primeras montañas que escaló fueron de 2.000 metros, después de 3.000, de 3.500 y de 5.000 metros, hasta que se propuso conquistar la más difícil. “En el año 2009 fui al Aconcagua y llegué a unos 6.000 metros, al campamento de altura Berlín, muy cerca de donde fuimos esta vez, que se llama Cólera, también a poco menos de 6.000 metros”,  contó.

¿Cómo fue la convivencia con el grupo en general, teniendo en cuenta que prácticamente no se conocían unos con otros?
Tantos días juntos compartiendo cosas generan situaciones maravillosas. Por ejemplo, Silvio Melo (capitán de Los Murciélagos, la Selección Argentina de fútbol sala para ciegos), tenía asignado un guía cuando íbamos escalando, pero en el campamento nosotros éramos los que teníamos que darle una mano. Me decía: Peter, ¿no me llevás al baño? Entonces lo llevaba, lo esperaba y lo traía de vuelta. En algunas ocasiones le servía la comida, etc.

Como contrapartida, es maravilloso lo que Silvio puede hacer siendo no vidente. Fue un regalo para nosotros ver esa sensibilidad que tiene con los otros sentidos. Una vez estábamos caminando juntos, a tres metros de una ligustrina (una especie de arbusto). Delante nuestro iban caminando otras personas. Hicimos una especie de juego en el que le dije que me avise cuándo terminaba la ligustrina y comenzaba la pared. Seguimos caminando y cuando se terminó la ligustrina y empezó la pared, dio dos pasos y dijo: “Acá hay pared”. ¿Cómo lo supo siendo que no ve nada de nacimiento? Me contestó: “porque la voz del que está caminando adelante retumba distinto al pegar contra la pared”. Es algo increíble y por eso creo que fue un regalo.

La solidaridad, la amistad que se generó, la preocupación por el otro. Todos somos uno, dice una frase, y ahí pudimos sentir eso, en un lugar donde hay ciertos riesgos, hace mucho frío y todos se preocupan por el otro en todo momento.

¿En qué momento se manifestó la trombosis en tu brazo?
Apenas salimos del campamento Cólera (a 5.970 metros sobre el nivel del mar) yo sentí que se me había congelado el brazo. Cuando llegamos al (campamento) Plaza de Mulas no tenía fuerzas para sacar la bolsa de dormir de su envoltorio. Literalmente no tenía fuerza, me dolía muchísimo el brazo y no podía tirar. Es más, me podían serruchar los dedos que no lo iba a sentir, ya no me irrigaba la sangre.

Esto fue el día 15 de la expedición. Ya en Plaza de Mulas había -5°C. Después de los 5.000 metros de altura es todo blanco; no hay otra cosa. Tantos días en la altura merman también la resistencia y cuando me vi con el brazo congelado tuve que pedirle a Ezequiel Baraja (un rugbier que estuvo preso 10 años) que me ayudara a sacar la bolsa. Ahí se ve esa solidaridad de la que te hablaba.

Todos creyeron que me había golpeado el brazo. Me pusieron un guante más encima, me masajeaban y golpeaban el brazo para hacerlo revivir, y no pasaba nada. Después ya no lo podía ni apoyar.

Me imagino que la ilusión era hacer cumbre…
Sí. No pude ir a la cumbre por una cuestión de tiempo. Como me falta medio pulmón, soy lento. Si acelero, me agito mucho. Pero soy resistente. Cuando estábamos en Cólera, fui el último en llegar al campamento, mis compañeros ya estaban todos en las carpas. El guía me dijo que no iba a poder hacer cumbre porque hay que subir y bajar en el día. Además, estaba cansado, el clima no nos favoreció y ahí decidí quedarme. Obviamente me hubiese encantado hacer la cumbre, pero creo que eso tiene que ver mucho con el ego. Participé de una expedición única, estoy muy feliz con lo que pude hacer teniendo en cuenta lo que me pasó.

¿Cuándo detectan la trombosis?
Cuando empiezo a bajar me doy cuenta que el brazo estaba mal. Ese día pasé la noche en Plaza de Mulas, con el brazo extendido, tapado por el frío y sin entender por qué no se calentaba, sin saber aún que era una trombosis.

Al día siguiente, teníamos que hacer el trayecto Plaza de Mulas-Horcones, que son 28 kilómetros, y vino un helicóptero a buscar a una patrulla que justo no estaba. Como podían llevar a tres personas más, los que estábamos más cansados fuimos con ellos. Así que fui hasta Horcones en helicóptero, que también es un riesgo por la altura, y me quedé allí hasta que llegó el resto del equipo que venía caminando.

Cuando llegué a Buenos Aires no me aguanté más y fui al traumatólogo, que me sacó una placa y me dijo que no tenía nada. Me derivó al médico clínico que me pidió dos exámenes para revisar las arterias de manera urgente. Apenas vio los estudios me dijo que tenía un problema severo y llamó a un cirujano cardiovascular. Se sorprendió de que no hubiera perdido el brazo después de tanto tiempo con casi todas las arterias tapadas; solamente una pequeña irrigaba sangre.

Al día siguiente me operaron y estuve 10 días en terapia intensiva, pero no por la trombosis en sí sino porque tuve mala suerte. En una de las vías por las que me sacaban sangre todos los días se filtró una bacteria. Ahí empecé con fiebre y tuve que quedarme en terapia intensiva varios días. Hoy por suerte estoy bien. Es parte de la aventura.

Primero el cáncer de pulmón y ahora una trombosis a 6.000 metros de altura… ¿Qué le dirías a la persona que sufre una situación adversa y por distintos motivos no la puede o no la sabe superar?

Sé que tengo un crédito abierto en el cielo, lo cual agradezco mucho. Me gusta esta forma de vida. Creo que de todo se puede salir, no existe un impedimento. Buda decía que los tres grandes mensajeros de la vida son la enfermedad, la vejez y la muerte, y que de todo eso se aprende. Las personas tal vez tengan que aprender a no preguntarse el porqué de las cosas, que es como una victimización, sino el para qué. Allí es donde tal vez se encuentren las respuestas, dentro de uno mismo.

Yo encontré mi receta, trato de meditar, cambié muchas cosas de mi alimentación. Hay muchos caminos, pero que se encuentran cerrando los ojos y mirando hacia adentro. Siempre hay posibilidades. Tantas veces me dijeron que no… Algunos médicos me dijeron que no iba a poder correr. Hay que creer en uno mismo, pero hay que reconocer el cuerpo de uno mismo, escuchar y ver las señales que te da el cuerpo, dónde cambiar. Todo es un aprendizaje y para aprender hay que cambiar.

Fuente: El Espectador